Lejos de acabar con el mercado negro, las medidas de Raúl Castro lo estimulan.

¿Quiere un chorizo con pimentón? ¿Qué tal un pedazo de mozzarella de leche de búfalo? O quizás algo más precioso, como un aire acondicionado importado o algunos habanos enrollados a mano a una fracción del precio oficial. En un país donde virtualmente toda la actividad económica está regulada, y donde los supermercados y las tiendas permanecen desabastecidos de productos básicos como el azúcar, los huevos y el papel higiénico, se puede conseguir casi todo en el próspero mercado negro, si tiene un “amigo” o el número telefónico adecuado, indica un reportaje de la agencia AP publicado en el diario miamense El Nuevo Herald.
Raúl Castro autorizó el año pasado el trabajo por cuenta en 178 actividades económicas no estratégicas. La medida acompaña los despidos masivos de empleados estatales que realiza su Gobierno, como parte de la llamada “actualización del modelo económico”. En realidad, muchos de los nuevos empleos —que van desde vendedor de comida a fotógrafo de bodas, de manicurista a trabajador de la construcción o cuidador de baños— han existido durante décadas en la economía informal, y muchos de los que buscan licencias de trabajo ya ofrecían los servicios por debajo de la mesa.

Mientras el mercado negro en los países desarrollados puede estar dominado por las drogas, los DVD de contrabando y la prostitución, en Cuba lo abarca literalmente todo, Un hombre maneja diariamente su auto hacia La Habana con salchichas hechas a mano bajo el asiento del pasajero. Una mujer vende minifaldas apretadas de spandex y blusas de diseños chillones detrás de una cortina de flores en su destartalado apartamento. Los economistas, y los cubanos de a pie, dicen que casi todos en la Isla dependen del mercado negro.
“Todo el que tenga un trabajo roba algo”, dijo Marki, un fumador empedernido de 44 años que es especialista en transporte. “El muchacho que trabaja en la industria del azúcar roba azúcar para poder revenderla. La mujer que trabaja en textiles roba hilo para poder hacer sus propias ropas”.
Marki se gana la vida vendiendo en tres tiendas clandestinas de La Habana ropa traída de Europa y ha pasado tiempo en prisión por sus actividades. Como varias de las personas entrevistadas para el reportaje, habló bajo la condición de que no se le identificara, por temor a confrontar nuevos problemas con las autoridades. Las mercancías fluyen en el mercado informal procedentes del extranjero, pero también de los bienes que desaparecen en bolsillos, mochilas e incluso camiones de los almacenes, fábricas, supermercados y oficinas del Estado. No hay estadísticas oficiales del gobierno sobre cuánto se roba cada año, aunque los robos menores se denuncian rutinariamente en la prensa oficial. El 21 de junio, Granma, el diario del Partido Comunista, informó que los esfuerzos para detener los robos en las empresas estatales en la capital han “dado un paso atrás” en los últimos meses. El periódico culpó a los administradores y los acusó de falta de supervisión.
“Los actos delictivos y de corrupción han aumentado debido a la falta de control interno”, dijo el diario.
El 95% de la población participa de la economía subterránea.
Un extenso estudio realizado en 2005 por el economista canadiense Archibald Ritter examinó las muchas formas en que los cubanos incrementan sus salarios de apenas 20 dólares al mes por medio del comercio ilegal —desde una mujer que vende espagueti robado de puerta en puerta, a un cantinero en un centro turístico que sustituye el ron de alta calidad con su propia bebida alcohólica, a un reparador de bicicletas que vende las piezas de repuesto que saca por la puerta trasera—. Ritter y otros que estudian la economía cubana dicen que es imposible estimar el valor del dólar en el mercado negro.
“Se puede probablemente decir que el 95 por ciento o más de la población participa en la economía subterránea en una forma u otra. Está tremendamente difundida”, aseveró Ritter, quien trabaja como profesor en la Universidad Carleton en Ottawa. “Robarle al Estado es, para los cubanos, como traer leña del bosque o recoger moras en un terreno de nadie. Se considera propiedad pública que de otra forma no se usaría en forma productiva, así que ellos se ayudan a sí mismos”.
“El acudir al mercado negro y al sector informal para casi todo es tan común que se ha convertido en la norma, con poco o ningún pensamiento de legalidad o moral”, dijo Ted Henken, un profesor en el College Baruch de Nueva York que se ha pasado años estudiando la economía cubana. “Cuando las opciones legales son limitadas o no existen, entonces todo el mundo incumple la ley, y cuando todos incumplen la ley, ésta pierde su legitimidad y esencialmente deja de existir”.
Raúl Castro intenta persuadir con sus medidas a algunos de los operadores del mercado negro para que cumplan las reglas y paguen impuestos.
En los últimos siete meses, más de 220.000 cubanos han recibido licencias para trabajar por cuenta propia, uniéndose a unos 100.000 que las tenían desde la década los noventa.
De los nuevos “cuentapropistas”, un 68 por ciento eran oficialmente “desempleados” cuando recibieron su licencia, un 16 por ciento tenía un trabajo estatal y otro 16 por ciento eran jubilados, de acuerdo con estadísticas publicadas en el sitio web gubernamental Cubadebate.
Muchas de estas personas sin empleo y nominalmente retiradas trataban de llegar a fin de mes trabajando en el mercado informal.
“Se tiene que encontrar una forma para sobrevivir”, dijo Manuel Rodríguez, exjefe de un centro médico para niños discapacitados de Cienfuegos. Rodríguez dijo que su libreta de racionamiento mensual, más el pobre salario de su mujer, solo cubrían dos semanas de alimentos. “Me senté un día en el parque y pensé: ¿qué puedo hacer?”. Entonces comenzó a montar en bicicleta los domingos por la ciudad, rentando DVD de contrabando con las últimas películas de Hollywood que otros han bajado de internet. En 2009 emigró a Miami.
“No estaba haciéndole daño a nadie”, dijo, defendiendo la opción que tomó. “No es pornografía. No es drogas”.
La venta y renta de DVD piratas es ahora uno de los 178 empleos que se pueden hacer legalmente en Cuba. El Gobierno de la Isla ignora los derechos de propiedad intelectual de Estados Unidos en respuesta al embargo económico de 49 años de Washington. Los nuevos poseedores de licencias se quejan de que los impuestos y pagos a la seguridad social pueden estar muy por encima del 50 por ciento de sus ventas, las materias primas son difíciles de adquirir porque no hay un mercado de ventas al por mayor y las promesas del gobierno para suministrar créditos de los bancos y espacios para los vendedores al por menor se implementan con lentitud.
Muchos dicen que aprovecharon de todas formas la oportunidad de pasar a la legitimidad, cansados de estar siempre mirando a su espalda.
“Comenzamos de forma ilegal, hace años, pero cuando comenzaron a dar las licencias obtuvimos una porque significa paz mental”, dijo Odalis Lozano, una madre soltera de 46 años que obtuvo en diciembre una licencia para vender almuerzos preparados en la cocina de su casa. “Ahora no tenemos que temer a la policía o los inspectores”.
“Indetenible”
Paradójicamente, la expansión de un mercado legal puede aumentar el tamaño del mercado negro, particularmente para los bienes y servicios que necesitan los nuevos empresarios para sobrevivir. Las pizzerías recién legalizadas deben tener un suministro constante de queso, harina y pasta de tomate; los empleados por cuenta propia de la construcción necesitan materiales; las manicuristas, esmalte de uñas. Roberto se ha beneficiado de la apertura económica legal realizando actividades ilegales. Usa recipientes robados de CO2 para hacer bebidas carbonatadas que vende a cafeterías populares privadas en La Habana. Cobra sólo 7 pesos (28 centavos de dólar) por una botella de 1,5 litros, una sexta parte de lo que cuesta en el supermercado una botella de gaseosa hecha por el Estado.
“Este negocio no es totalmente legal”, dice. “No puedo obtener una licencia para ello porque el Estado no me venderá el CO2. Necesito adquirirlo en el mercado negro”.
También hay otras actividades que por su naturaleza tienen que permanecer ocultas bajo el sistema cubano. Internet está estrictamente controlada por el Gobierno, así que los que venden tiempo en cuentas que pertenecen a médicos, profesores y técnicos de computadora lo hacen de forma ilegal.
El régimen mantiene también el monopolio en uno de los más típicos productos cubanos, el habano, obligando a los cientos de fábricas clandestinas a mantenerse en la ilegalidad. Igualmente se encuentra controlada la venta de oro, así que los que lo funden para dentaduras no van a recibir pronto licencia.
“Incluso si legalizaran este negocio no valdría la pena obtener una licencia”, dijo una persona que pidió anonimato por miedo de represalias. En su caso, cobra hasta 40 dólares por diente, usando oro derretido de joyas y baratijas que compra a suministradores secretos. “Ellos podrían regularlo tanto que sería imposible obtener el oro y los otros materiales que necesito. Las autoridades me molestarían tanto que sería peor que lo que hago de forma oculta”.
Marki dijo que abriría con gusto una boutique de ropas importadas si los dirigentes de la Isla cambian alguna vez la economía marxista por el capitalismo. Hasta entonces, él y muchos vivirán y trabajarán al margen de la ley y ninguna cantidad de multas, detenciones o tiempo en la cárcel los disuadirán.
“La mitad de Cuba vive del mercado negro”, dijo Marki con una sonrisa. “Y la otra mitad depende de él. Para mí, es algo indetenible”.

Fuente: Diario de Cuba

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